En medio del clamor de la guerra, en un día cualquiera en la vida de un soldado, un solitario militar buscaba el significado de su existencia en las trincheras de un conflicto sin fin. Su nombre era Cael, y su historia era un testimonio de la lucha en los tiempos más oscuros de la humanidad, la guerra entre semejantes y similares, la guerra entre seres humanos.
Nacido en un pueblo pequeño y de familia humilde, dedicada al cultivo de la tierra, Cael soñaba con llegar a ser un gran médico algún día, pero la llegada de la guerra cambió sus sueños para siempre.
Llamado a filas para incorporarse a las unidades militares de su país, Cael había pasado los últimos meses de sus recién cumplidos veinte años en una trinchera, en cualquier campo de batalla actual del planeta, acompañado por muchos otros como él, rodeado por el ruido ensordecedor de la artillería y el humo que lo envolvía como un sudario.
Viendo pasar el tiempo despacio, lento, acunado por el miedo constante, las semanas y los meses se desvanecían en su memoria, ya no recordaba muy bien cuanto tiempo hacía que hubiera llegado, un tiempo que parecía una eternidad. La guerra había borrado los recuerdos de su vida anterior, dejando una única misión, un único objetivo: sobrevivir.
Las mañanas frías y oscuras le recibían cuando al alba despertaba en su trinchera, firmemente agarrado a su rifle, el cual se había convertido en su inseparable compañero, en su muleta, en su apoyo y sobre todo en la única herramienta que quizás le podría ayudar a mantener la vida, aunque fuera a costa de la de otros. Se levantó con cuidado, tratando de no hacer ruido para no alertar a los enemigos cercanos, se arregló su uniforme, y revisó y limpió su arma, preparándose para otro día de lucha.
Cael salió de la trinchera y se unió a sus compañeros de armas, después de un frugal desayuno, el capitán les dio las órdenes del día: patrullar la zona y buscar cualquier signo de actividad enemiga. Todos estaban cansados y hambrientos, pero sabían que tenían que seguir adelante y cumplir con las ordenes recibidas, protegiendo su vida y la de sus compañeros.
Pocos minutos después, el grupo se puso en marcha, avanzando lentamente por el terreno accidentado. El soldado estaba en alerta máxima, escuchando atentamente cualquier sonido que pudiera indicar la presencia del enemigo, nervioso y vigilante, escudriñando los alrededores de forma continuada y frenética, temeroso ante cualquier mínimo indicio de peligro. Se desplazaban lentamente, fijando donde ponían sus pies antes de cada paso por miedo a que el enemigo hubiera colocado minas terrestres, que en un descuido les hicieran saltar por los aires. De repente, escuchó un ruido detrás de él, se giró rápidamente y apuntó con su arma, pero no había nada, durante unos minutos se revolvió en diferentes direcciones, casi sin moverse del sitio, oteando su alrededor con atención, en busca del más mínimo indicio de peligro, sin embargo, parece que esta vez, fue solo su imaginación.
Después de varias horas de patrullar, el grupo regresó a la trinchera para descansar y comer algo. Cael se sentó en el suelo y sacó su ración de comida, una lata de carne en conserva y una ración de agua, pero sabía que era mejor que nada, durante la comida rodeado de algunos compañeros, recordaba su hogar, su familia, sus amigos, su vida anterior a estos días monótonos y lúgubres, donde el miedo era su compañero y la lucha por la supervivencia su objetivo. ¿Cómo estarían? ¿Pensarían en él? ¿Estarían también en algún lugar del frente?

Por la tarde, después de un breve descanso tras la comida, el capitán ordenó el cambio de guardias, era necesario relevar a algunos de los soldados de sus posiciones para que pudieran comer y descansar unos minutos, tal y como habían hecho ellos. Cael fue uno de los elegidos. Recogió su arma y se dirigió al puesto de vigilancia asignado, en el cual, una vez controlada el área, retiró del bolsillo de su camisa, la última carta recibida de su madre.
Era una carta conocida, releída en incontables ocasiones, con una caligrafía conocida y añorada. Una carta cuyo simple hecho de tener en sus manos, aun cuando casi había memorizado su contenido, producía el incremento de los latidos de su corazón, fuertes, vigorosos y presurosos, cual, si hubiera acabado una carrera de velocidad unos escasos minutos antes.
Mientras releía por enésima vez las palabras de su madre, estas fluyeron como un bálsamo para su alma cansada. El relato simple de la vida en el pueblo, las anécdotas de sus hermanos menores, el trabajo incansable de su padre, y sobre todo la amargura desprendida de sus letras, en las que reflejaba la preocupación y el amor por su hijo, producían en cada lectura gotas de rocío en sus sucios ojos. Las noticias de sus antiguos amigos le informaban de sus destinos diversos, diseminados por la geografía del país, en misiones similares o más peligrosas aún que la suya.
Las últimas palabras de la carta eran un canto constante, donde el amor de una madre sacaba a relucir toda su intensidad, “cuídate mucho, no cojas frio, ten cuidado con el enemigo, no dejes que te hieran…”, un canto que finalizaba con un te quiero hijo, que se engarzaba en el corazón de Cael cual, el más grande diamante que haya existido en la cadena más lujosa existente. Sin embargo, las palabras que siempre recordaba eran las que escritas con primura y dolor le pedían “vuelve a casa sano, hijo mío”. Finalmente, y tras secar sus lágrimas, dobló la carta con cuidado y la guardó en el bolsillo de su camisa, cerca de su corazón.
Tras varias horas, Cael fue revelado de su puesto, y le otorgaron treinta minutos de asueto, o descanso. De repente, una explosión sacudió la trinchera, se levantó rápidamente y cogió su arma, parecía que los enemigos habían lanzado un ataque sorpresa. Cael corrió hacia la línea del frente, disparando a cualquier cosa que se moviera, sin embargo, en el frente no había nadie, solo humo y un ruido ensordecedor provocado por los gritos de sus propios compañeros. Minutos más tarde, volvió el silencio y la visibilidad, un silencio sepulcral en el cual ni los animales, las aves, o los insectos osaban realizar el más mínimo movimiento. El enemigo había lanzado un proyectil que había caído cerca, pero no había producido daños. Estaban buscándolos, o provocando un error por su parte para iniciar una ofensiva bélica. El capitán ordenó silencio y vigilancia, y así pasaron las dos siguientes horas, camino a la oscuridad de la noche.
Las noches eran aún peores, cuando el silencio era roto por el eco distante de los cañonazos, o por algún ruido producido por algún animal al moverse, que impedían o dificultaban más aún conciliar el sueño escurridizo. A veces, la tensión del día provocaba el sueño, el cual era interrumpido con frecuencia, por la propia intranquilidad y el nerviosismo constante que provocaba la situación. Así acurrucados en la trinchera Cael y sus compañeros intentaban soportar el frío y mantenerse calientes, alerta siempre ante la posible llegada del enemigo.
En esas horas, Cael sentía la tentación de dejarlo todo atrás y regresar a su casa, pero el sentimiento de obligación, de culpabilidad ante el abandono, de las represalias de sus superiores y de la sociedad, la lealtad a sus camaradas y compañeros de lucha, así como la creencia en la causa por la que luchaban, le mantenía en su lugar.
En medio de la guerra, Cael había encontrado un compañero inesperado en otro soldado de su misma unidad militar, llamado Miguel, con quien, a pesar de sus diferencias, compartía historias, risas y se ofrecían apoyo mutuo que les ayudara a sobrellevar las penurias de la vida en las trincheras. Miguel le contaba a Cael sobre su hija recién nacida y su promesa de volver a casa, mientras Cael escuchaba con empatía, compartiendo su propia historia de lucha interior.
Miguel y Cael, realizaban guardias nocturnas juntos, a no más de doscientos metros el uno del otro, cada uno en su puesto, compartían raciones y se protegían con el objetivo de mantenerse vivos. La amistad en la adversidad se había convertido en una luz en medio de la oscuridad de la guerra, donde ambos habían visto caer a amigos y a enemigos, habían sentido la angustia de la muerte cerca, y cada día despertaban con la determinación de seguir adelante.
Habían pasado una noche sin dormir, ya que los disparos y las explosiones, aunque lejanas, no habían cesado en ningún momento. Cael temía que en cualquier momento esos sonidos se fueran aproximando a su posición, desvelando el acercamiento del enemigo y aumentando las posibilidades reales de tener que empuñar sus armas para matar o herir a jóvenes, que, como él, habían tenido que olvidar sus sueños y abandonar todo lo conocido hasta ese momento, para adentrarse en una aventura inolvidable, que les marcaría de por vida.
A veces, soñaba despierto con la llegada de soldados a su trinchera, agotados y heridos, pero furiosos, con una expresión a veces de odio, a veces de resignación y otras muchas incluso de esperanza, quizás esperanza en encontrar por fin el descanso y abandonar una lucha ininteligible para sus corazones. Soñaba que había recibido un disparo en el brazo, y que sabía que no podía permitirse el lujo de descansar, que tenía que seguir luchando. Otras veces soñaba, que se sentaba en el suelo y comenzaba a curarse su herida, doloroso, pero sin queja, más que por los signos expresados por su cara. Y a veces, muy pocas veces, soñaba con su casa, con sus amigos, con sus estudios, con sus padres y hermanos, a veces rememoraba en sueños situaciones ya vividas, en las que su vida era una vida completa y feliz, con un futuro prometedor, en el cual quizás, algún podría llegar a tener a su propia familia.
La vida de un soldado en la guerra es una historia de lucha, sacrificio y supervivencia. Daniel encontró la amistad, la lealtad y la determinación en medio de la adversidad, pero también encontró el deseo de buscar la paz interior. Con el paso del tiempo, Daniel sigue sin comprender como es posible que los seres humanos no sean capaces, de mantener la guerra olvidada, en lo mas lejanos de sus corazones, sin embargo con los días, los meses e incluso los años, se esfuerza por dejar atrás los horrores de la guerra, buscando la sanación de las heridas psíquicas dejadas por las terribles experiencias vividas, mediante un inacabable viaje hacia la redención y la sanación, el cual apenas está comenzando.






